jueves, 25 de julio de 2019

Cita a ciegas

Por el Cid Chambeador

Con una prolongada ducha caliente, el fiscal permaneció contemplándose durante unos minutos frente al espejo. Mientras retiraba el vaho con la toalla empezó a notar satisfecho la depilación corporal que se hizo a inicio de semana y vio también con entusiasmo, como el tiempo pasado en el gimnasio había dado sus frutos. Acarició con ambas manos sus pectorales fornidos para luego bajar y sentir sus bien definidos abdominales. Después apretó con delicadeza los testículos, los sintió suaves, rugosos, hercúleos y sin mucha prisa terminó acariciando su pene hasta lograr una erección dura, perfecta.
Ya en su moderno auto, verificó una vez más sí llevaba consigo los preservativos en el bolsillo interior del saco. Acomodó el espejo retrovisor para verse el nudo de la corbata, lo aflojo un poco, quería sentirse relajado. Pasó la palma de la mano por el cabello recortado, algunas canas platinadas hacían tímidamente su aparición. Se regaló una sonrisa cómplice para sí mismo. Animado empezó a buscar una fotografía reciente enviada al iPhone. Al encontrarla besó la pantalla y dijo “ya voy mi amor”, casi al instante encendió el motor.
Entró por el lado de Emergencia, como lo había acordado. Allí reconoció a su contacto, un tipo de lentes poto de botella, quien sin mediar saludo alguno pidió que lo siguiera, en silencio, por unos pasillos laberintosos hasta llegar a un ascensor, ingresaron y el empleado del lugar apretó el botón S2. El sótano mostró una pulcritud que sorprendió y excitó al hombre de leyes, las baldosas semejantes a un tablero de ajedrez se veían resplandecientes a pesar de la luz tenue. “Aquí es señor, tiene una hora antes de que termine mi turno”. El letrado lo despidió con desdén no sin antes pagarle lo acordado.
Ella se encontraba desnuda en la cama, como esperando. Sólo cubierta por una especie de sábana translúcida a través de la cual podía notarse sus senos protuberantes, así como su serpiante figura. A pesar del hoyo pequeño pero profundo en la frente, la muchacha poseía una hermosura misteriosa, propia de una cíngara de cabellos enmarañados de telenovela. 

El abogado la descubrió con cuidado, tenía el pecho salpicado de algunas pecas traviesas y un querubín tatuado encima del busto izquierdo, se humedeció los labios temblorosos y la besó con devoción en la boca aumentando la intensidad poco a poco, hasta buscarle la lengua. El órgano se le puso rígido, contemplándola se despojó de sus prendas. 


Se echó encima, sintió la piel suave y aún tibia, le lamió el grácil cuello con esmero mientras apretujaba las tetas, después pasó a los pezones rosados, los dejó brillantes, jugueteó con el serafín, a pesar de que no debería morder ni dejar alguna huella no pudo evitar mordisquearlo. El vello púbico lucía ralo, acariciable. Sacó el lubricante vaginal y la humectó con los dedos, pasando una y otra vez desde el clítoris hasta el fondo, imaginó que se estremecía, o al menos que a la pelirroja le gustaba. 


Se arrodilló frente a ella, colocó un condón en su babeante miembro y tomó sus piernas. Antes de llevárselas al hombro retiró un pequeño cartón unido al dedo gordo del pie por un hilo. Decía NN con la fecha de hoy.






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