Y entonces Manolito pensó si de tanto correrse la paja no terminaría un día con la pichula en la mano, arrancada del cuerpo sin querer. La sola idea turbó a Manolito a tal punto que esa noche soñó que su pichulita se le escapaba. Él iba tras ella y ésta lo llevaba hacia una chica, cuyo rostro aparecía difuminado frente a él.
La pichula le hablaba y le hablaba, pero él no la entendía. Sabía que intentaba decirle algo con sus movimientos y él lo único que quería era que volviera lo más rápido junto a sus testículos. Manolito se preguntaba si acaso su pichula se había rebelado contra el machismo imperante, si tenía la homosexualidad reprimida, si de tanta paja ya se estaba quedando bruto y había perdido la noción de la realidad.
Quería comentárselo al cura, pero lo acusaría de pecador. Quería comentárselo al psicólogo, pero lo juzgaría de loco. Quería comentárselo a su mejor amiga, pero lo acusaría de enfermo. Sus compañeros ni hablar, estaban en otra. Así que solo quedaba hablar con el tutor, pero andaba tan entretenido con la nueva profesora que había llegado al colegio que mejor ni tocarle el tema.
Fue en esos días de angustia que Manolito conoció a aquella mujer y por esos misterios de la vida dejó de masturbarse, atento al movimiento de su pichula que se proyectaba de improviso ante la presencia de aquella chica cuya vibra lo atraía hasta el vértigo, porque la honorable dama había visto algo en él que no había visto en ningún otro hombre hasta el momento (y no era la pichula por cierto, sino ese algo que los hombres nunca ven por andar pensando huevadas y tener la cabeza siempre en otra parte).
Aquella primera noche de muchas noches, el rostro que aparecía difuminado cobraría vida para empezarle a instruir en las más ardientes fantasías.
2011
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