martes, 10 de julio de 2018

Sintéticos

Por Camus Nébula

¿Cuánto tiempo habrá pasado ya? ¿Un minuto? ¿Cinco? ¿O quince, talvez? Ella sigue sentada sobre el borde de la cama; lleva esa blusa beige con detalles dorados que le ajusta los pechos y también esa minifalda negra de cuero, que permite apreciar sus hermosas piernas cubiertas por unas medias negras de nylon. Él sigue de pie, apoyado al marco de la puerta de esta habitación, en el penúltimo piso de la torre 2 del Westin Hotel; en una mano lleva el saco de su terno color azul metálico y luce unos relucientes zapatos Oxford. Ambos se siguen observando, cobijados bajo la suave luz carmesí de una lámpara vintage, como ajedrecistas que analizan minuciosamente cada pieza antes del primer movimiento. Si de lejos alguien los viera pensaría que son dos sexys maniquíes hiper-realistas que luego serán exhibidos en la vitrina de una boutique.

 En la perfección de sus cuerpos existe un equilibrio, como un vacío y un sobrante que deberá ser llenado por el otro. Para ellos las casualidades no existen; él siempre lo ha tenido claro pero en esta ocasión se está dejando llevar por el deseo que esta mujer le transmite. En cambio, ella solo obedece al instinto que nunca le ha fallado en este tipo de circunstancias. Este encuentro es casi como una premeditada improvisación.

Sin dejar de mirarla, Lucas cuelga su saco en el perchero y se acerca lentamente, contando cada paso, para situarse muy cerca de ella y arrodillarse junto a sus piernas. En seguida estira un brazo y acaricia un mechón de su cabello castaño, largo y brillante. Jazmín extiende una mano para tocar cada parte de su rostro varonil; empieza por el cabello gris, las cejas pobladas, el entrecejo, los rígidos pómulos, la nariz ancha y las comisuras de la boca. Cuando era niña cerraba los ojos para descubrir con su manita los relieves marcados del rostro de su padre, descifrando al tacto el áspero de su piel como en lenguaje Braille; esta costumbre se mantuvo de adolescente lo que originó que su organismo desarrolle una inusual conexión entre las yemas de los dedos y suhón del  clítoris. Ahora gracias a Lucas empieza a sentir lo mismoossualente  ue se cohón del ; su cuerpo entero despierta del letargo, sus labios se humedecen, sus senos se agitan, las caderas se menean sutilmente y los muslos se abren.

Entonces, ella le susurra en una oreja las mismas palabras obscenas que solía pronunciar para excitar a los antiguos amantes. Lucas la toma suavemente de los hombros para empujarla con violencia sobre la cama. Jazmín se sorprende sin asustarse; este movimiento origina que un recuerdo íntimo aflore desde su centro ardiente hacia cada rincón de su cuerpo. Su humanidad completa entra en furor. Cuando alza la vista Lucas está encima de ella, con esas gruesas manos apoyadas sobre las suyas, en una posición arácnida, sin que pueda liberarse de las ataduras de su mirada fija, tocándose con las puntas de sus narices. Su aroma seductor la envuelve, creando un vaho que solo ambos perciben. En esa posición, Lucas comienza a besar su piel como si fuera la fina superficie de una taza de porcelana; empieza por su espigado cuello, su hombro y se desliza hasta la parte superior de sus pechos, mientras desabotona la blusa. Con la prenda casi abierta, acaricia los senos y luego besa sus duros pezones por encima del brasier rojo. Jazmín, con los ojos entrecerrados, mueve la cabeza de un lado a otro y deja escapar leves gemidos, entregándose sin reservas a su amante casual como una esclava a su amo. Podría parecer que ella está presa de su encantamiento o, al contrario, es Lucas quien está siendo sometido. 

Los minutos parecen acortarse o estirarse dependiendo de la intensidad de esos estímulos. Ella emite jadeos de contenida excitación cuando él desliza su mano por debajo del brasier. Lucas avanza con cautela, sondeando aquellas zonas de su anatomía que la enciendan gradualmente, porque comprende que Jazmín es una mujer poco común. Retira suavemente parte de su apretada minifalda de cuero negro y descubre su ropa interior roja, luego se desplaza hasta estar frente a su pubis oculto bajo la prenda de encaje y lo besa. 

Como al principio, ella estira un brazo para acariciar el cabello y el rostro de su compañero, repitiendo la sensación generada por aquel recuerdo cuando era niña. Ambos se vuelven a mirar y se lanzan una sonrisa de complicidad. Sin perder más tiempo, él retira la ajustada minifalda y la prenda se desliza por sus piernas, en seguida lanza la ropa sobre la cómoda y nuevamente le abre las piernas con violencia. Jazmín, aún sentada en el borde de la cama, lo mira con divertida desaprobación. Lucas besa sus tobillos, sube por sus pantorrillas, también sus rodillas hasta la parte interna del muslo. Sus besos son tan delicados y tan precisos que ella con el torso apoyado sobre sus codos suelta varios gemidos. 
Lucas besa la piel del muslo más cercana a su entrepierna, oculta bajo la fina transparencia de la prenda de lencería que invita a descubrir su vulva cada vez más húmeda. Con un sutil movimiento, acaricia esa zona delicada mientras continua con los besos; mira un momento a Jazmín cuya respiración es agitada, entonces deja de besarla y la estimula con los dedos en la misma parte, con la mitad del pubis al descubierto, como tratando de calcular la presión exacta en la ubicación precisa, dejándose guiar tan solo por su intuición.

Hasta el momento, para Jazmín este encuentro cumple con sus expectativas. Ella nota en esas caricias que él sabe lo que hace; sin embargo, esto no se diferencia mucho de su experiencia pasada. Al mismo tiempo, ella siente que algo en su interior ha cambiado, tal vez provocado sin querer por él, ¿cómo saberlo?, en este momento su razonamiento disminuye por el incesante avance de sus manos y su boca. Desde que Lucas empezó a estimularla muy cerca de su clítoris, ella sintió más placer del acostumbrado. Así, cuando recuesta todo el cuerpo sobre la cama, no puede evitar soltar un ruidoso gemido. Ella conoce su cuerpo lo suficiente como para entender que esta especie de furor no es normal. 

Ahora Lucas retira la ropa interior y la desliza hasta la mitad del muslo para poder acariciar el labio mayor con la punta de la lengua. Mientras lo hace estira un brazo hasta la cara de Jazmín, y ésta se entretiene succionando su grueso dedo índice. Su cuerpo esbelto se agita, la curvatura formada por su columna desde la espalda hasta el derriere parece acentuarse y otras alinearse con la cama según la intensidad de la excitación. Su vientre se expande y se contrae, tratando de mitigar el placer y empujando la cara de Lucas, oculta entre sus muslos. Ella siente como él explora con la lengua el interior de su misma existencia. Un cosquilleo empieza a invadir todo su centro, se erizan sus vellos y sus manos se aferran a la sábana. Lucas utiliza los labios y la lengua como ventosas que se adhieren a la delicada epidermis. Jazmín suelta varios gemidos desesperados y tensa el cuerpo.

 Él es como una máquina imparable. Ella no soporta más y entonces explota en placer. Lucas se hace a un lado para observar el cuerpo sacudirse, mientras le sostiene ambas piernas para que no se caiga de la cama. Su abdomen se encoge y se expande como si fuera una serpiente, los senos parecen globos con agua tirados de la punta rebotando en una superficie inestable y los muslos vibran como gelatina recién cuajada. Jazmín suelta unas cuantas risitas mientras se retuerce con violencia; con la mano masajea su vulva hinchada, haciendo presión y palmoteando a la vez. Junta sus dedos presionando con fuerza el pubis y a veces los introduce con rápidos movimientos que parecen querer estirar el capuchón. La energía física que emana de su cuerpo se siente como un volcán en plena erupción. Las contracciones en su cuerpo parecen eternas. Jazmín comienza a verse frágil y sensual en ese estado. Tienen que pasar varios minutos para que se tranquilice. Ella se acomoda de costado, en posición fetal, mientras se van reduciendo los espasmos. Se queda allí unos minutos, con el largo cabello ocultando su rostro y ambas manos entre sus muslos.

Lucas la observa así, relajada, casi dormida, pero a la vez satisfecha e insaciable, dispuesta a entregarle todos los secretos que aún guarda su cuerpo, como una criatura sexual que recién empieza a domar. Confiado de haber sido testigo de un auténtico orgasmo sin eyaculación, también sabe que la noche es joven aún y todavía hay mucho más por descubrir de esta mujer. Jazmín reacciona, se retira el cabello del rostro y se incorpora lentamente hasta su posición original. Mira tiernamente a Lucas y luego, deslizándose sobre sus nalgas se desplaza hasta el centro de la cama. Una vez allí, se retira por completo la ropa interior y la tira al piso, luego abre sus piernas y estira un brazo, invitándolo a acercarse. Lucas obedece y, como un animal al acecho, se aproxima a ella gateando sobre la cama, con la mirada fija en esos fascinantes ojos café, esa boca a medio abrir, asomando la lengua entre los brillantes labios y, allí abajo, muy abajo, despegándose y luego abriéndose, es atraído por su centro ardiente en plena ebullición. 

Jazmín luce espectacular y deseable, se podría decir que hasta apetecible. Cuando Lucas se acerca ella vuelve a estirar su brazo y con las manos toca su frente ancha, se detiene en sus cejas pobladas, baja por su nariz y sus labios gruesos, mientras regresa a su mente el placer que compartió de manera similar con los antiguos amantes. A continuación, Jazmín le desabrocha la camisa hasta el tercer botón, retira la prenda por un costado y parece ansiosa buscando algo. En el hombro, Lucas tiene un pequeño tatuaje, como una marca de agua, que inclusive se podría confundir con un lunar. Ella sabe muy bien que está allí como un recordatorio de su verdadera naturaleza artificial: un organismo cibernético diseñado para cumplir una tarea específica. Por supuesto, que ella sea consciente de este detalle a Lucas no le incomoda, al contrario, se siente complacido de que esta noche él haya sido el elegido. ¿Cuánto tiempo habrá pasado ya? ¿Quince? ¿Treinta? ¿Una hora quizás? 

De nuevo ellos abandonan todo movimiento para volver a conectarse solo con sus miradas, esperando pacientemente lo que el otro tiene que decir y transformándose en las mismas figuras estáticas de antes. Sus cuerpos se reconocen como parte de una unidad indisoluble, atraídos a través del orden caótico de la vida citadina de fin de siglo. En esencia, son aquellos amantes de medianoche que se cruzaron en el bar del Westin Hotel, intercambiaron miradas y luego se fueron juntos, él detrás de ella, buscando aislarse del mundo en esta lujosa habitación, con esta ventana, esta cama y esta luz carmesí, embriagados por el deseo de vivir una experiencia prohibida y definitiva.

29 de Junio, 2018

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