lunes, 22 de abril de 2019

La mona

Por Agnes Caitar

Entré. Lo miré. Me miró. Lo saludé y con un gesto a todos los demás. Estaba un poco ansiosa porque llegué sola y aún no iniciaba la presentación del libro. Él me gustó, debía sonreírle.

Continuó el brindis, las palabras de familiares. Encontré a algunos amigos. Conversé con ellos y mis ojos seguían en dirección a ese chico.

Se acercó, intercambiamos algunas palabras, nos tomaron fotos grupales. No dejábamos de buscarnos.

Tomé una copa de vino. Me propuso ir al pasillo. Debatimos un poco sobre literatura y preferencias. Callé. Me tomó de la mano.

Salimos a caminar y anduvimos por ahí. Empezamos a besarnos sin ningún pudor. No sabíamos cómo acariciarnos, en qué orden ni en qué ritmo.

Le insinué ir la reunión de un colega que vivía cerca, él no estaba seguro, pero finalmente aceptó.

Cuando llegamos, la fiesta estaba aburrida. Lo presenté con el cumpleañero y unas amigas. Después de una hora de hablar y reírnos, nos servimos un par de tragos más. Bailamos hasta marearnos. Luego le susurré al oírdo y lo dirigí al cuarto del hermanito.

Nos metimos a escondidas. Lo tiré a la cama. Lo acaricié. Le bailé. Lo volví a acariciar. Esta vez fue todo el rostro. Cada vez iba más abajo: seguí por el cuello, el pecho, el abdomen y me detuve ahí. Volví a bailar frente a él y cuando fijó sus ojos con los míos, me lancé encima como una mona. Me sentía toda una primate.

Llegué dos veces. Me acosté a su lado muy satisfecha. Finalmente, desperté.



Abril de 2018

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