jueves, 30 de abril de 2020

Fin de la historia

Por Agnes Caitar


Aquella mañana desperté con mucho sueño, me la había pegado toda la noche viendo Netflix para inspirarme. Sin embargo, no sirvió de nada. Tenía que entregar mi artículo para la revista ese martes a mediodía. Estaba muy nerviosa, eso definiría mi permanencia en el periódico.

Prendí la cafetera porque necesitaba algo que me despertara y tomé una ducha previa para estar fresca.

Eran las 7:00 am y no había mucha bulla, a excepción de un par de personas caminando en la calle. Ni el gallo de la abuela molestaba.

Yo pasé mucho tiempo investigando acerca de Barranco, sus casonas y el tranvía que aún permanece en la avenida Pedro de Osma, pero no encontraba la forma de contarlo, nada que pareciera muy atractivo al nuevo público que solo lee cinco minutos en la web. Necesitaba algo mucho más real, no mis historias de novela dramáticas ni policíacas.

Estaba en la mitad del artículo cuando empezó a cacarear el puto animal. No podía creerlo, eran las 10:00am., no las 5:00am ni las 6:00am. No se supone que ellos hacen eso solo cuando inicia el día. No dejaba de hacerlo. Me empezó a aturdir. Dejé de escribir y me paré a verlo.

En el jardín de la abuela había muchas frutas, pero no veía la comida de la mascota. Busqué en la cocina y encontré maíz. Fui a dejársela. No comía, lo puse a su lado y también le puse agua.

Puse más café para tranquilizarme. Me puse algodón en las orejas para concentrarme y poco a poco pude seguir con la historia.

Me fijé la hora y eran las 11a.m. Leí la nota y no me gustaba, la horrible ave no se callaba. Lloré. Si no lo termino, me quedaré sin trabajo y no podría demostrar que tengo experiencia escribiendo.

Salí y siguió con su barullo. ¿Cómo lo callo? ¿Cómo se le hace dormir a una criatura tan fastidiosa?
Busqué entre las cosas de limpieza de la casa. Ahí estaba el sobrecito que necesitaba. Lo diluí en el agua y lo dejé en el piso junto a la comida.

Me senté. Respiré e intenté escribir de nuevo. Estaba terminando la chamba. Volví a leer.  Me gustaba. Creo que terminé. Eran las 12:10 p.m. Lo envié por email. No creo que me lo rechacen por haberme pasado diez minutos.

No podía creerlo. Por fin terminé con mi historia y con la del gallo también.

Septiembre de 2019

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