Por Agnes Caitar
Aquella mañana desperté con mucho sueño, me la había pegado toda la noche viendo
Netflix para inspirarme. Sin embargo, no sirvió de nada. Tenía que entregar mi
artículo para la revista ese martes a mediodía. Estaba muy nerviosa, eso
definiría mi permanencia en el periódico.
Prendí la cafetera porque necesitaba algo que me despertara y tomé una
ducha previa para estar fresca.
Eran las 7:00 am y no había mucha bulla, a excepción de un par de personas caminando
en la calle. Ni el gallo de la abuela molestaba.
Yo pasé mucho tiempo investigando acerca de Barranco, sus casonas y el
tranvía que aún permanece en la avenida Pedro de Osma, pero no encontraba la
forma de contarlo, nada que pareciera muy atractivo al nuevo público que solo
lee cinco minutos en la web. Necesitaba algo mucho más real, no mis historias
de novela dramáticas ni policíacas.
Estaba en la mitad del artículo cuando empezó a cacarear el puto animal. No
podía creerlo, eran las 10:00am., no las 5:00am ni las 6:00am. No se supone que
ellos hacen eso solo cuando inicia el día. No dejaba de hacerlo. Me empezó a
aturdir. Dejé de escribir y me paré a verlo.
En el jardín de la abuela había muchas frutas, pero no veía la
comida de la mascota. Busqué en la cocina y encontré maíz. Fui a dejársela. No comía, lo puse a su lado y también le puse agua.
Puse más café para tranquilizarme. Me puse algodón en las orejas para
concentrarme y poco a poco pude seguir con la historia.
Me fijé la hora y eran las 11a.m. Leí la nota y no me gustaba, la horrible ave
no se callaba. Lloré. Si no lo termino, me quedaré sin trabajo y no podría
demostrar que tengo experiencia escribiendo.
Salí y siguió con su barullo. ¿Cómo lo callo? ¿Cómo se le hace dormir a una
criatura tan fastidiosa?
Busqué entre las cosas de limpieza de la casa. Ahí estaba el sobrecito que
necesitaba. Lo diluí en el agua y lo dejé en el piso junto a la comida.
Me senté. Respiré e intenté escribir de nuevo. Estaba terminando la
chamba. Volví a leer. Me gustaba. Creo
que terminé. Eran las 12:10 p.m. Lo envié por email. No creo que me lo rechacen
por haberme pasado diez minutos.
No podía creerlo. Por fin terminé con mi historia y con la del gallo
también.
Septiembre de 2019
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