Por Agnes Caitar
El perro de mi vecina solía salir
con bozal. «Es pitbull, no debería vivir en el condominio» - decía mi tío M. Yo estaba cansada de ese animalote
porque asustaba a todos los hombres que venían a mi cuarto, era como si
intuyera que a todos me los iba a tirar.
La noche pasada fui a caminar con J, estuvimos hablando de relatos fantásticos, del sueño de ser escritores y hasta inventamos un cuento. Fue toda una cita romántica. No imaginó los juegos que tenía en mente.
Cuando llegamos a mi casa el puto can empezó a ladrar. Le dije que no le prestara atención y entramos a mi cuarto, le pedí que se ponga cómodo; yo usaría una peluca y un traje negro. Empecé con un baile, hasta me puse a cantar. Él estaba muy relajado y supe que era el momento.
Me metí por la ventana de la vecina y le saqué el bozal al perro. Volvió a ladrar y le tiré un filete de carne. Se calló. Él sabía que se lo devolvería, siempre supo que teníamos un secreto.
La noche pasada fui a caminar con J, estuvimos hablando de relatos fantásticos, del sueño de ser escritores y hasta inventamos un cuento. Fue toda una cita romántica. No imaginó los juegos que tenía en mente.
Cuando llegamos a mi casa el puto can empezó a ladrar. Le dije que no le prestara atención y entramos a mi cuarto, le pedí que se ponga cómodo; yo usaría una peluca y un traje negro. Empecé con un baile, hasta me puse a cantar. Él estaba muy relajado y supe que era el momento.
Me metí por la ventana de la vecina y le saqué el bozal al perro. Volvió a ladrar y le tiré un filete de carne. Se calló. Él sabía que se lo devolvería, siempre supo que teníamos un secreto.
Octubre 2019
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